viernes, 23 de noviembre de 2007

Carta abierta a un drogadicto.

DROGAS.

Enjundiosos historiadores han sostenido que todas las civilizaciones han creado narcóticos sociales para domesticar y adormecer a sus súbditos, que no ciudadanos. Los padres de un drogadicto se manifiestan amargamente porque su hijo es otra víctima más de los negocios de grandes narcotraficantes de élite que actúan impunemente. Los agricultores colombianos rentabilizan más la coca que la patata y lloran la muerte del cocainócrata Pablo Escobar. La policía observa la fugaz entrada-salida de los camellos en las comisarías.
Nuestra sociedad decora su fisonomía fraudulenta con pins de bisutería: el fraude económico vía declaración del IVA; el fraude electoral vía transfuguismo; el fraude deportivo vía doping; el fraude sexual vía línea 903; el fraude de la genética natural vía clonación; el fraude comunicacional vía telebasura; el fraude ecológico vía contaminación; el fraude terrorista vía secuestro y muerte; y así podíamos seguir enumerando desajustes actuales.
En este contexto podemos situar probablemente el fraude más universal, el fraude de la utopía y de los paraísos artificiales a través de las drogas.
Quiero agradecer públicamente la excelente labor de los colectivos y asociaciones que se dedican con altruismo y abnegación a ayudar a todas aquellas personas que tienen problemas con la droga , así como a concienciar a la sociedad de la importancia de la prevención. A todos ellos les dedico las siguientes líneas.


CARTA ABIERTA A UN DROGADICTO.


Querido muchacho:

No me lo creía, nunca me lo creía hasta lo de los mil duros.

Tú eras un alumno excelente, brillante en lo académico y afable en lo personal. Tú eras un joven que irradiaba energía vital. Recuerdo que empezabas a coquetear con las chicas y te las llevabas de calle, sobre todo cuando tocabas la guitarra o jugabas al baloncesto. No me lo podía creer, nunca me lo creía.

Un día me dijeron que te vieron merodear sospechosamente entre coches. Yo no me lo creía.

Otro día me dijeron que te acusaban de violación. Yo no me lo podía creer. Incluso me aseguraron que habías estado en la cárcel por robo. Yo estaba hecho un lío, pero no me lo creía.

Una mañana me crucé con tu madre. Aquella mujer no se parecía en nada a la que yo conocí hace años. Ahora su cara delataba amargura, escepticismo. Con semblante nervioso me contó que ya no tenía joyas. Tú te habías encargado de desvalijar la casa. Yo empezaba a creérmelo.

Casualmente te vi una noche: !qué sorpresa¡. Tenía ante mí a un muchacho andrajosamente vestido, escuálido, cadavérico, con ojos ansiosamente vidriosos.

-- "Dame mil duros, tronco" -- me dijiste. Intenté hablarte, pero continuaste tu camino con ese éxtasis postizo que da la droga. Aquel chaval pletórico de juventud y vida se había metamorfoseado en un guiñapo de hombre con el futuro hipotecado por la droga. Comenzaste con unas simples cervezas en el Instituto entre juegos adolescentes y ahora andabas buscando "heroínas".

No, no quiero que esta carta sea un panfleto sentimentaloide. Los adultos con un cigarro en la boca y un cubalibre en la mano no están legitimados para orientarte porque también ellos tienen dependencias y drogas light.

Ahora creo que te estás curando en un lugar especializado en estos menesteres. Lo único que te deseo es que tengas fuerzas para volver a ver la vida sin monos, sin caballos, sin dosis, sin heroínas inyectables. Lucha, amigo, porque tu madre, tu familia y yo también todavía creemos en ti.

Un abrazo

Sebastián de la Peña Martín.